viernes, 2 de mayo de 2008

UN TORNADO ARRASÓ MI CIUDAD

sobre La descomposición
de Hernán Ronsino (Interzona, 2007)

por Jimena Repetto*

“Mejor no hablar de ciertas cosas” cantaba Luca Prodan en 1985, año en el que Sumo sacó su famoso disco Divididos por la felicidad. La letra, inolvidable, según la había escrito el Indio Solari continuaba: “un tornado arrasó a mi ciudad y a mí jardín primitivo”. La descomposición (Interzona, 2007) de Hernán Ronsino, autor de Te vomitaré de mi boca (Libris, 2003), bien podría leerse escuchando de fondo el tema de Sumo o, por qué no, ponerse en relación con él. Entre lo dicho y lo callado, jugando con las omisiones, su narrador, Abelardo Kieffer, nos hace recorrer la trama a tientas. Calla y retiene hasta el final del relato que su mujer, Silvia Ayala, se descompone enterrada hace cuatro meses. Esta muerte, que nos tomamos el atrevimiento de contar, no impacta tanto en sí misma -ya que en el texto se presentan muertes varias-, como por las circunstancias violentas y morbosas en las que se sucede un día antes de que, casualmente, un tornado arrase el pueblo y se lleve, no su jardín en este caso, sino su huerta.

La historia transcurre en la aparente calma de un pueblo de la provincia de Buenos Aires. En el año 1999, y el día que cumple sesenta años, Abelardo, director del diario “La Verdad”, invita a comer un asado a su amigo profesor y músico Bicho Souza. Entre las conversaciones más triviales y la descripción detallada de los elementos que componen el encuentro, el clima de calma y repetición se va tensando. Es que la escena del asado, narrada en presente, se interrumpe constantemente por la historia personal y familiar de Abelardo, que se entrelaza con la historia del pueblo y sus habitantes. Esta elección narrativa permite, a su vez, contar ciertos acontecimientos de la historia nacional, y, con mayor detalle, el panorama socio-económico de los años ´90: el cierre de la industria, el desempleo e, incluso a nivel más metafórico en la trama, la construcción de un bingo donde supo haber una escuela.

El cruce entre el carácter autobiográfico de la historia del narrador y la historia nacional, se expone desde el texto como una elección política. Fernando Lernú, alias Pajarito, toma la voz del loco del pueblo, tradicional emisor de las verdades vedadas, y explica a Abelardo la lectura de Blanchot sobre Max Brod, “la construcción de una biografía es en verdad, como la construcción de la historia, un proceso de clausura de sentido, de imposición” mientras que, por el contrario, la ficción tendría “el atributo revolucionario de la literatura, amplificar de sentido los relatos, crear nuevos mundos”.

Sobre estos principios, podemos encontrar en la disposición del texto, una puerta de entrada a la mirada de Ronsino sobre la literatura. El carácter disperso y fragmentario mediante el cual se recuperan los acontecimientos, produce que el lector, instado por la estructura de la novela, se comprometa con las acciones narradas para atar los fragmentos, saltar las elipsis y aceptar el continuo juego entre lo dicho y lo silenciado. Esta demanda, en cierta forma, genera que quien lea repase la historia nacional para poder comprender, reponer y acompañar la trama ficcional. De este modo, la recuperación de la mirada particular sobre los hechos sociales cobra en la novela un carácter político a través de un ejercicio literario en el cual escritor, texto y lector se unen. No importa tanto, entonces, si la acción transcurre o no en Chivilicoy -pueblo de donde es oriundo Ronsino-, como el hecho de que en la novela se elija descomponer la historia de un pequeño pueblo, para que el lector la componga desde su propia lectura, atravesada por su probable experiencia de vida en la Argentina de los ´90.

La escritura, detallada, minuciosa, con un ritmo propio que se sostiene desde la primera hasta la última página, se asienta en la descripción extrañada de los pequeños detalles, como si de cada uno ellos emergiera la posibilidad de comprender el universo. Es así como, al finalizar el libro y enfrentarnos con el hecho trágico que da muerte a Silvia Ayala cuatro meses antes del cumpleaños de Abelardo, el cadáver de la cucaracha que se viene descomponiendo desde las primeras páginas y es devorado por las hormigas, nos remite, indefectiblemente, al de la mujer que sabemos enterrada.

Sin embargo, el narrador, que ha permanecido ciego ante ciertos hechos de su propia historia -como la vinculación de su padre con grupos afectos al nazismo-, se vale de la escritura para componer el escenario de su propia tragedia. Aquello no dicho se va gestando desde el clima de tensión y violencia de lo efectivamente narrado. Al llegar al final de la novela y develar un misterio que no sabíamos oculto, la violencia de los hechos estalla en una crisis que resignifica el relato, la Historia y el proceso de lectura, cuando lo que se explicita no es un final previsible, sino un comienzo imprevisto que acabamos de reinterpretar. En este texto, como en la Historia, comprender el presente del personaje implica, necesariamente, comprender su pasado que lo ha acompañado en su transformación.

“El rock es un pensamiento crítico bailado” dicen que dijo alguna vez el Indio Solari, puede entonces que La descomposición sea también un pensamiento crítico que arremete, como un tornado, con la violencia de la ficción.



LA NUEVA NO RETORNABLE, ACÁ: http://www.no-retornable.com.ar/

1 comentario:

Vivian García Hermosi dijo...

Que linda nota!! muy buena!!